EL NIÑO Y LA SEMANA SANTA
Semana Santa. Primera luna llena de la primavera. La renovación de la
naturaleza y la pasión de Cristo van de la mano. Durante unos días, todos nos
sentimos identificados con el personaje de Jesús. Desaparecen las diferencias,
las clases sociales y las ideologías. ¿Quién no ha sentido alguna vez el
abandono, la traición, la duda, de las largas horas de la pasión? Los
sentimientos de un cristiano florecen. Y salen procesiones. Hoy saldrá la “oración
de Jesús en el Huerto.”
El niño había estado
enfermo. La madre quiso alegrarlo. Le calzó zapatos nuevos. Lo vistió con traje
de domingo.
- ¿A donde vamos, mamá?
- A la procesión, hijo. Es
muy bonita.
Salieron de casa. Cerraron
bien la puerta para que nadie extraño penetrara. Asidos de la mano subieron la
calle “del Obispo” y llegaron a la plaza de san Juan. Había mucha gente.
Hablaban y esperaban. Ellos también tuvieron paciencia. Se oyeron unas voces:
- Ya viene la procesión.
Aparecieron las filas de
nazarenos. El niño miraba con sus
vivarachos ojos. Y levantó el rostro hacia su madre:
- ¿Por qué llevan esas
capas tan largas?
- Son de la Cofradía, hijo.
- Mamá, ¿por qué se tapan
la cara?
- ¿Por qué llevan esos
gorros tan grandes?
- ¿Por qué tienen en las
manos esas velas tan largas?
- ¿Por qué van descalzos?
Las palabras se elevaban
enredándose en el aire fresco de la noche. Se oía ya la música que amenizaba
una saeta. “¡El paso! ¡Ya está ahí el paso!”. Todos competían para verlo bien.
- Mamá, ¿ese es el Señor?
Qué manto más bonito. ¿Y que hace?
- Está de rodillas
- Por qué?
Está rezando, pensando en
la sangre que va a derramar cuando lo azoten, en una corona de espinas que le
van a clavar en la cabeza, en los amigos que le van a abandonar. Está
sufriendo.
- Y que ha hecho.
- Era muy bueno, hijo. Habló de que somos
hijos de Dios, enseñó cosas muy bonitas para que nos amáramos y no hubiera
guerras. Detrás van esos tres, que eran sus amigos.
Se oyó una saeta. Todos
callaban y prestaban sus oídos.
“¡La Virgen, viene la
Virgen!” Centenares de ojos se clavaron en aquella imagen.
- Mamá, tiene un manto
precioso y lleva muchas flores.
- La han preparado la
Cofradía. El Hermano Mayor está enfermo, pero saca fuerzas para que salga
brillante. Es como la luna detrás del sol.
- Tiene lágrimas en la
cara.
- Va llorando, hijo mío.
Una madre llora cuando ve al hijo que sufre.
- ¿Y por que sufre?
- A su hijo, que es muy
bueno, le van a dar muerte en una cruz.
Aquella madre, quedó
triste. Se acordó de su padecimiento cuando su hijo estaba enfermo y le
tuvieron que operar.
Cuántos interrogantes tiene
una Procesión de Semana Santa. Es tiempo de reflexionar. Esperamos, temblamos,
soñamos, nos sentimos parte de un pueblo elegido. Los sentimientos de un
cristiano florecen al contemplar una procesión y comprender lo que significa.
Dios nos ha salvado con sufrimiento. Ha demostrado su verdad, muriendo por
ella.
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